
Una cartografía
Trazo a trazo
La cartografía es un acto creativo guiado por la intuición.
La obra emerge de forma intuitiva y sin intención previa a partir de la conexión con el alma de la persona a quien va destinada. Es lo único que se conoce al empezar y, a veces, ni tan siquiera eso. A menudo, incluso el formato del papel, su tamaño y la orientación vienen determinados por la propia intuición.
No existe un diseño previo ni una imagen que se pretenda obtener. Se desconoce qué formas aparecerán, los colores que surgirán o cómo se irán relacionando entre sí. Es la intuición la que guía cada decisión: qué color tomar, cuándo mezclarlo con otro, dónde intensificarlo, suavizarlo o cuándo un trazo ha llegado a su fin.
Las formas y los colores afloran al papel de forma libre, aparentemente al azar, y lo que en un principio parece un error, acaba cobrando sentido e integrándose de manera totalmente coherente con el conjunto.
En ocasiones surge una idea de lo que hay que dibujar: no un boceto completo, sino un animal, un círculo o una forma concreta. A partir de ahí, el resto sigue desarrollándose sin expectativa.
Normalmente el dibujo no se realiza de una sola vez. Puede desarrollarse a lo largo de varios días o semanas.
A medida que el dibujo se aproxima a su fin, comienza a emerger una comprensión global de la obra. No es un análisis racional, sino una percepción que aparece de forma espontánea y empieza a conectar todos los puntos. Esa comprensión permite vislumbrar parte del significado de la cartografía y una pincelada de lo que puede aportar a quien la recibe.
Pero no es hasta que el último punto de color ha sido pintado y cada pieza ocupa su lugar en el conjunto que se produce la revelación y la cartografía cobra sentido.
